I like his style: it is unartificial and bears the stamp of manly sincerity.
— Joseph Conrad

Di la verdad

En Política y el Idioma Inglés (1946), George Orwell criticaba la degradación del lenguaje. Orwell detestaba la frecuente ampulosidad, la dicción presuntuosa y el uso sin sentido de las palabras. Como muestra, Orwell utilizó en este ensayo su célebre ejemplo de traducción inversa del Eclesiástes a un lenguaje mucho más actual:

“La consideración objetiva de los fenómenos contemporáneos obliga a la conclusión de que el éxito o el fracaso en las actividades competitivas no muestra tendencia a ser proporcional a la capacidad innata, pero que un elemento considerable de lo impredecible invariablemente debe tenerse en cuenta.”

Cuando el texto original traducido por mí -aún más majestuoso en la traducción inglesa de la Biblia del Rey Jaime (KJB)- dice mejor y con bellísima brevedad:

‘9:11 Me volví y vi que bajo el sol, no es para los rápidos la carrera, ni la batalla es de los fuertes, ni aún el pan para los sabios, ni siquiera los hombres de conocimiento merecen las riquezas, ni los elocuentes el favor; sino que el tiempo y la ocasión acontecen a todos.'

Es una parodia. Pero no es extrema. Es el lenguaje que sería el utilizado hoy para expresar como el alma serena y el mérito son juguetes al azar de las circunstancias, aunque no dicho con tal claridad. Uno puede coincidir en que la traducción contiene más palabras pero no ofrece ilustraciones concretas como hace el original, ni contiene tampoco una sola imagen vívida o una frase que capture la imaginación. Y tiene que ser así: nadie que seriamente escriba sobre "la consideración objetiva de los fenómenos contemporáneos" será capaz de tabular en su mente imágenes precisas y detalladas. Orwell reservó sus mejores críticas para el lenguaje político que sostenía, estaba diseñado para hacer que las mentiras sonaran sinceras y que el crimen pareciera respetable, dando apariencia de solidez al simple viento.

Sin descender a los abismos del lenguaje oficial y su irreprimible afectación, es fácil comprobar como el uso académico pugna con frecuencia, con la sencillez. Esta vez la muestra no ofrecerá las bellísimas metáforas bíblicas, sino la clase inaugural que una célebre lingüista dirigió a los estudiantes de Traducción e Interpretación de una aclamada Universidad catalana. 

'Why is translation interesting?

The title of this paper asks a leading question of the type that research students are routinely advised to avoid if and when designing questionnaires: to ask why translation is interesting assumes that translation is in fact interesting, and so it behoves me to substantiate that assumption; I need to show that translation is, indeed, interesting. Fortunately, a good deal of evidence points in that direction.'

No tengo dudas de que traducir es apasionante. Es más: traducir es sublimar. No encuentro dificultades en demostrarlo: basta el placer obtenido en corregir el párrafo anterior:

'The name of this lecture asks a question that suggests its own answer. This might well be the sort of question that research students are often taught to avoid when drafting a poll: as to ask why to translate is interesting seems to take for granted that translations are much so; I am now in the dire need to prove that assumption. I need to bring evidence that to translate is, indeed, a compelling task. By happy chance, there are good grounds for this belief.'

Las correcciones no han alterado la idea original. De hecho, la voluntad es ahora más clara. Sin embargo, la elegante fuerza de las palabras cortas y sencillas, con un significado preciso, el ritmo de las frases y la sustitución de un adverbio y la eliminación de otro, tienen la doble virtud aclarar la idea original y de facilitar la lectura. Otro efecto es que desaparece el no por oculto, menos evidente, tono de fingida modestia con el que la profesora se dirigió a los alumnos.

Juzga y elige tú.


'The great enemy of clear language is insincerity. When there is a gap between one's real and one's declared aims, one turns as it were instinctively to long words and exhausted idioms, like a cuttlefish spurting out ink.'

George Orwell